Cerramos nuestra semana del amor, hablando sobre la persona amada y la correspondencia sentimental.

ELECCIÓN DE LA PERSONA AMADA

En la elección de la persona amada hallamos el síntoma más decisivo de lo que una persona es; como dice Ortega: «En nada como en nuestra preferencia erótica se declara nuestro más íntimo carácter». Más aún: a quién amamos y cómo amamos reflejan nuestra forma de concebir y entender de la vida.

Aquí el principal problema es el del conocimiento de nosotros mismos y de los demás. ¿Tenemos realmente individualidad o somos un amasijo de opiniones y sentimientos que se nos han ido filtrando del entorno? ¿Somos auténticamente nosotros mismos, o más bien el resultado producido por las circunstancias que nos rodean? Si nos analizásemos en profundidad, descubriríamos –tal vez con espanto– que nuestras opiniones y sentimientos no han surgido realmente de nosotros, sino que nos han caído y cubierto, como le cubre al caminante el polvo del camino. Por ello, Ortega aconseja que más que en palabras y actos, conviene fijarse en lo que parece menos importante: el gesto y la fisonomía, pues al ser impremeditados, dejan escapar noticias de lo más íntimo y secreto, que normalmente reflejan con exactitud. Es preciso ver debajo de esa capa de polvo que habitualmente nos recubre; atravesar la barrera de palabras, actos y pensamientos, que son mero escenario, y ver lo que está detrás de todo eso. Esta es la única manera de poder percibir realmente al ser amado, y sentir auténtico amor.

¿Cómo elige el hombre? Al hombre normal le gustan casi todas las mujeres que pasan cerca de él, pero no hay que confundir gusto y amor. Como dice Ortega, la buena moza transeúnte, que pasa taconeando, produce una irritación en la periferia de la sensibilidad varonil, una atracción tan automática y mecánica que ni siquiera la Iglesia se atreve a considerarla pecado. Pues bien, generalmente no respondemos a esa atracción motivada por el instinto, o respondemos negativamente. Solo cuando respondemos positivamente y, a la vez, ponemos en juego todo nuestro ser, interesándonos por una mujer en concreto, poniéndonos en movimiento hacia ella, entonces brota el sentimiento, brota el amor.

Es indudable que el instinto hace su labor, pero si es una tontería afirmar que el verdadero amor del hombre a la mujer, y viceversa, no tiene nada de sexual, es otra tontería creer que el amor es sexualidad. Entre otros muchos rasgos que los diferencian hay uno fundamental: el instinto tiende a ampliar indefinidamente el número de objetos que lo satisfacen, mientras que el amor es selectivo, elige; de ahí que nada inmunice tanto al varón respecto a otras atracciones sexuales como el amoroso entusiasmo por una determinada mujer.

El amor vive del detalle y procede microscópicamente; en cambio, el instinto es macroscópico y se dispara ante los conjuntos. Es como si actuaran desde distancias diferentes; por eso la belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora. Para el enamorado no existen ya, se han borrado en la persona amada esos rasgos que conforman lo que suele llamarse belleza: las grandes líneas de la figura y del rostro. Llamará belleza, en cambio, a pequeños detalles sueltos: el color de la pupila, la comisura de los labios, el timbre de la voz… Las «bellezas oficiales», esas mujeres que son consideradas casi monumentos públicos, despiertan poco el fervor privado de los varones. Su belleza es tan resueltamente estética que convierte a la mujer en objeto artístico para turistas, más que para enamorados. Como dice Ortega: «el deseo de proximidad, que es la avanzada del amor, se hace imposible»; por eso es un hecho que de las mujeres plásticamente más bellas se enamoran poco los hombres.

La conexión amor y belleza la hemos heredado de Platón; solo que para él la belleza no significaba propiamente la perfección del cuerpo, sino que era el nombre de toda perfección; belleza es todo lo valioso, lo óptimo. Por tanto, amar es algo mucho más grave y significativo que entusiasmarse con unas líneas de la cara o unas formas estéticas; amar es decidirse por un cierto tipo de humanidad, que simbólicamente va anunciado en los detalles del rostro, de la voz y del gesto; amar implica una íntima adhesión a un determinado tipo de vida humana que nos parece el mejor y que hallamos preformado, insinuado en la persona amada.

Esto explica, en cierto modo, que un hombre pueda enamorarse varias veces a lo largo de su vida. Hay personas que evolucionan muy lentamente, caracteres relativamente anquilosados, en general los de menos vitalidad (el prototipo del «buen burgués»), que persistirán dentro de un invariable esquema de elección amorosa. Pero –dice Ortega– a un ser humano potente, con un destino lleno de posibilidades, le puede llegar su hora de «explosionar»; su personalidad puede experimentar profundas transformaciones, puede cambiar su carácter y su forma de entender la vida. Pues bien, la preferencia por un tipo distinto de mujer se ajustará rigurosamente al nuevo modo de sentir la vida. Surge un nuevo esquema de selección erótica porque ha habido un cambio en el sistema de valores, pasando a primer término cualidades que antes no se estimaban, o ni se percibían. Hay evolución, hay etapas en la vida, y hay crecimiento; así pues, el hombre que no quiere ser un bonsái adornando la sala de estar, llega un momento en que rompe con un modo de vida que le asfixia, que le ahoga, y entonces puede enamorarse de una mujer que refleje su nuevo modo de entender la vida. En todo caso, lo importante es saber que se mantiene la fidelidad a sí mismo, una fidelidad latente con el verdadero ser, imprescindible para prevenir el fracaso.

La mujer también selecciona a su amado, pero de forma diferente al hombre, pues no responde de la misma manera ante la belleza física de este. El entusiasmo erótico de la mujer por la belleza masculina se reduce, según Ortega y Gasset, a cuatro excepciones: 1) las mujeres de alma un poco masculina; 2) las prostitutas; 3) las mujeres normales que tienen tras de sí una vida sexual plenamente ejercitada y llegan a la madurez; y 4) las que por su constitución psicofisiológica vienen al mundo dotadas de un «gran temperamento». Por ello, en general la mujer es más moderada sexualmente, y no es frecuente en ella ver disociados placer sexual y sentimiento.

Lo que decíamos respecto a las bellezas femeninas ocurre también con los genios, pues la mujer rara vez se enamora de los grandes hombres que han cambiado la historia de la Humanidad. ¿Qué le importa a una mujer que un hombre sea un gran matemático o un gran químico? Puede parecer extraño, pero la Historia demuestra que el genio no es un «hombre interesante» para la mujer.

Socialmente hay también un criterio de selección, de manera que cada época prefiere un tipo general de varón y otro tipo general de mujer; y esas preferencias van cambiando a medida que la sociedad cambia. Sería muy interesante ver cómo han ido evolucionando históricamente los diferentes estilos amorosos: el amor romántico del siglo XIX, la galantería del XVIII, el amor platónico del XV, el amor gentil del XIV o el amor cortés del XIII, cada uno de ellos con sus características peculiares. Se trata siempre de lo mismo, pero en forma diversa cada vez; en el amor colaboran la imaginación, el entusiasmo, la sensualidad, la ternura y otros muchos aspectos íntimos, pero dependiendo de qué importancia tome cada uno de ellos, así será el tipo de sentimiento amoroso resultante. Lo indudable es que cada época tiene su estilo de amor, y esto influye mucho en la elección de la persona amada. Por ejemplo, la relación amorosa entre un hombre de cuarenta años y una jovencita de veinte es difícil, sobre todo, si ambos viven el entusiasmo amoroso de manera diferente.

Pero hay que admitir que en todo esto es muy difícil llegar a conclusiones definitivas, pues aunque el hombre, cuanto más varonil sea más cargado está de racionalidad, sin embargo, el centro del alma femenina –por muy inteligente que sea la mujer– está ocupado por un poder irracional; y esta es la delicia suprema que en ella encontramos: la mágica ocasión de tratar con otro ser «sin razones», porque nos encanta y queremos unirnos a él.

No obstante, sí podemos afirmar que enamorarse es una capacidad, un talento maravilloso que algunas criaturas poseen, como el don de hacer versos, el espíritu de sacrificio, la inspiración melódica, la valentía personal, el saber mandar… En general, todos creemos que ya sabemos lo que es amar, pero amar es un arte, como dice Erich From, y al igual que todo arte requiere también aprendizaje, disciplina, concentración y paciencia. Por eso el amor del enamoramiento es, en realidad, un fenómeno poco frecuente y nada fácil.

La capacidad de amar tiene además como condición indispensable la capacidad de estar solo, siendo tan difícil la una como la otra. Si estoy ligado a otra persona porque ella es una especie de «salvavidas» o refugio para mí, entonces no hay verdadero amor en tal relación.

Enamorarse requiere un mínimo de autonomía personal, un mínimo de individualización y, además, un básico conocimiento de las leyes de la vida y de la Naturaleza, para no quedar a merced de nuestros instintos y deseos que, como hemos visto, no son amor.

BIBLIOGRAFÍA:

José Ortega y Gasset, ESTUDIOS SOBRE EL AMOR, 1926
Erich Fromm, EL ARTE DE AMAR, 1982
Delia Steinberg Guzmán, AMOR PLATÓNICO Y AMOR SEXUAL, Revista Nueva Acrópolis, n.º 233, enero de 1995.

Agradecemos a nuestros amigos de Nueva Acrópolis Bilbao que nos hayan cedido los mini-artículos para poder celebrar nuestra SEMANA DEL AMOR.

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